lunes, 8 de marzo de 2010

CONSTRUCCIÓN DE LA IGLESIA NUEVA


Todo el lado septentrional de la plaza de Andalucía está ocupado por el suntuoso templo de Nuestra Señora de la Asunción, legítimo orgullo de la Ciudad, orientado de este a oeste, como es preceptivo (Lám. I).
La iglesia nueva fue levantada en el mismo solar de la primitiva. En su inauguración, el párroco don Ramón Anguita Carrillo decía en su sermón: “Tenía Porcuna en este mismo sitio y solar, un magnífico templo parroquial, á que el pueblo llamaba con énfasis la Iglesia Mayor; según las referencias que nos hacen los antiguos, los restos de su ornamentación que se conservan, y la amplia extensión que ocupaba, era en efecto una fábrica soberbia, monumental, de estilo renacimiento. En ese templo, durante el curso de los años y de los siglos, habían ido acumulando, la fe y la piedad su generosidad y sus tesoros, y el arte sus delicadas preciosidades y magnificencias. En él se habían postrado una larga serie de generaciones; bajo sus elegantes y atrevidas bóvedas, al pie de sus altares, habían orado las familias de la antigua villa […] En el espacio que ocupa ahora la lonja y la placeta, estuvo el cementerio; y en ese recinto sagrado, al pie de un árbol secular, que extendía sus gigantescas ramas como centinela mudo de la ciudad de los que fueron, allí dormían vuestros ascendientes el sueño misterioso de la muerte.
Era aquel templo como un inmenso y precioso relicario donde todos los hijos de Porcuna guardaban sus recuerdos más queridos y sus tradiciones más veneradas […] Aquella ingente fábrica había visto desfilar ante sus muros, siglos y generaciones; había resistido impávida hasta entonces la recia acometida del tiempo, y sentido a sus pies muchas veces las espantosas convulsiones de la tierra; cual poderoso gigante levantaba a los cielos su frente colosal de piedra y granito desafiando a la destrucción y a la muerte” (1). Fue el centro principal de culto y servicios religiosos de los porcunenses.
El terremoto de primero de noviembre de 1755, produjo gravísimos daños en el edificio. Para restaurar los deterioros que había producido el seísmo, sabemos que el templo se tuvo que cerrar en varias ocasiones: en mayo de 1757; noviembre de 1758; marzo de 1760 y junio de 1760. En estas citas se habla de la imposibilidad de celebrar entierros, misas, sermones y otros actos colectivos, porque las naves estaban ocupadas de materiales (2).
Las sucesivas restauraciones no fueron acertadas. En diciembre de 1871, el párroco y cura rector don Lucio José Martín de Lucía, de la insigne y real Orden de Calatrava, informó al Cabildo del Ayuntamiento en los siguientes términos: “que una de las columnas de la iglesia, en que descansa la nave principal, había experimentado un hundimiento sensible que hacía temer su próxima ruina; y con el fin de evitar las consecuencias funestas que pudiera acarrear un accidente de tal naturaleza si previamente no se tomaran las medidas necesarias, lo hacía presente a la Corporación para que en su visita determinaran lo conveniente” (3).
Don Ramón Anguita, nos dice: “Era el año de gracia de 1872, aquel de tan frecuentes algaradas y agitaciones políticas en nuestra amada patria, el día 7 de enero, serían las nueve de la mañana próximamente, el templo estaba abierto, y ante el asombro aterrador de los fieles, se estremecieron fuertemente sus cimientos, temblaron sus muros, se bambolearon sus columnas, crujió su techumbre, y en pocos minutos quedó reducido a confuso montón de escombros y ruinas […] Dicen que fue por abandono y por incuria de alguien que debió tener celo, y diligencia, y previsión; yo no lo sé, y he de correr sobre ese dicho y opinión un velo caritativo y piadoso… pero no, debió ser la acción corrosiva de los siglos”(4).
La iglesia fue clausurada, definitivamente, por haberse desplomado una de sus columnas y gran parte de la bóveda y techumbre a la que servía de sostén (5).
En 1872, el clero y el culto de la Parroquia se trasladaron a la iglesia de San Francisco, perteneciente al convento de religiosos Franciscanos Recoletos hasta la Desamortización. “Dicho templo contiene un coro y presbiterio sumamente capaz y en el mejor estado, su buena sacristía y habitaciones sobradas para archivo y demás dependencias necesarias” ( 6).
En 1872, se constituyó la “Junta Local de Reparación de la Parroquia”, presidida por don Lucio Martín de Lucía, último párroco perteneciente a la Orden de Calatrava en este pueblo (7). En la primera reunión acordaron la construcción de un nuevo templo, en vista de las condiciones tan deplorables en que había quedado.
La efervescencia de la Primera República (1873), la politización de las clases sociales, las revueltas y luchas civiles, la escasa retribución de los salarios, la ausencia de fondos en la Parroquia y la pertinaz sequía (1882-85), crearon problemas muy serios en toda la población, especialmente en la clase social menos favorecida. Todas estas circunstancias hicieron inviable el comienzo de las obras de la nueva iglesia.
En el año 1875, Porcuna contaba con una población de 8.000 habitantes.
En 1883, la Junta Local de Reparación de la Parroquia hizo algunas tentativas de iniciar las obras, con escasos resultados.
El cronista de la Villa nos dice: “Un arquitecto, cuyo nombre ignoramos, se hizo cargo del proyecto y levantó el plano del nuevo Templo. Su coste total ascendía a seiscientas mil pesetas. Grande era el deseo de los fieles de ver reedificado aquel templo, cuyas ruinas llenaban los ánimos de tristeza, y múltiples las gestiones que realizó la Junta para arbitrar recursos y dar principio a la magna obra, pero esta resultaba impracticable en aquella época” (8).
Cerca de veinte años estuvo el solar esperando que se comenzara la nueva fábrica del templo. Sólo se mantenían en pie la sacristía y la torre de la vieja iglesia, donde estaba ubicado el reloj de la Villa que, a diario, marcaba la hora del acontecer de la población (9).

En 1884, siendo alcalde don Manuel Pineda y Aguilera, correspondiendo al interés que el vecindario tenía en reedificar el Templo Parroquial, se ocupó seriamente del tema. El Sr. Regidor-Síndico, D. Manuel Dacosta Juárez, decía: “esta es una obra que reclama con urgencia todo el vecindario sin distinción de clases y que el Ayuntamiento no puede ni por un solo momento permanecer indiferente tratándose de un asunto de tanta importancia para la localidad y por no ser posible continúe tampoco el actual estado de cosas pues como todos saben la iglesia de San Francisco habilitada provisionalmente para parroquia no reúne las condiciones de capacidad en el local para contener a los numerosos fieles que acuden a cumplir con los preceptos religiosos”(10).
El Cabildo estudió la manera de ayudar y ante la imposibilidad de establecer arbitrios y recursos extraordinarios para este objeto, sus miembros acordaron solicitar del Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación, en calidad de préstamo, la cantidad de 50.000 pesetas, de los fondos del Pósito, reintegrables en veinte años, pagando la cantidad de 2.500 pesetas. cada año hasta la extinción del débito. Dada la imperiosa necesidad de gestionar este expediente, se trasladaron el día 27 de mayo de 1884 a la capital del Reino, el Sr. Alcalde y el Presbítero don José María Ruiz García (11).
A la situación de escasez y de carencias, provocada por la sequía, se sumó la terrible amenaza de cólera en 1885. La epidemia no tuvo incidencia alguna en nuestra villa, gracias a una serie de medidas cautelares que evitaron el contagio, tomadas por el Cabildo que presidía don Manuel Pineda y Aguilera.
En una función teatral organizada a beneficio de las obras del templo, el día 12 de enero de 1885, el cronista de la villa don Eugenio Molina leyó su poema ¡Ruinas!, donde se quejaba de la realidad presente (12):

Triste, muy triste en verdad
es ver tal desolación,
y en vez de santa mansión
ruinas y soledad!...
De los fieles la piedad
se excita con noble aliento;
más ven el hondo cimiento
y entonces dudan y callan,
y los ánimos desmayan,
y muestran su abatimiento.
¿Por qué oculta el corazón
el impulso generoso?
¿Por qué el óbolo piadoso
falta a la edificación?
¿Por qué en la actual ocasión
decae el ánimo cobarde,
y esa fe de que hace alarde
pueblo tan noble y creyente,
niega su apoyo influyente,
exclamando: ¡Nunca o tarde!?

.……………………………

El poeta deseaba levantar el ánimo de los paisanos, reclamaba la generosidad de los terratenientes y la colaboración de todos los ciudadanos. Observamos en el poema: la sensación de impotencia que sentían los hijos de Porcuna, cuando contemplaban en la Plaza un paisaje tan desolador; interpretamos que en esa fecha se habían realizado trabajos preparatorios de retirada de escombros, para la cimentación del templo; y apreciamos la dura realidad económica que vivía el pueblo en aquellos años.
En el paseo de la Plaza estaban las piedras amontonadas, todos los materiales de los hundimientos de la Iglesia Parroquial y los escombros del viejo Ayuntamiento, al derrumbarse el edificio en su mayor parte, el día 6 de febrero de 1885 (13).
En octubre de 1887, el Cabildo exigió a la Junta que cercara el área del solar de la iglesia y dejara libre el tránsito de la calle Cementerio, obstruida por unos sillares de mamposterías, en ella colocados, hace cuatro años, cuando se intentó la reedificación del templo (14).
En noviembre del mismo año, el Concejo concedió veinte días de prórroga a la Junta, para que retirara los sillares y cercara el solar, “dado el sin número de alimañas que anidan en el solar de la iglesia, que por las noches invaden las viviendas, de la calle Cementerio, devorando las provisiones de sus despensas y comiéndose hasta los vestidos de uso diario” (15).
A Porcuna le faltaba una persona que aunara a sus vecinos, con fe, en una idea realizable (la construcción del templo) y un arquitecto que hiciera posible esa noble idea, partiendo de los escasos medios económicos de que disponían.
La Junta Local visitó al arquitecto del Obispado y le encargó el Proyecto de la nueva iglesia de Porcuna.
Don Justino Flórez Llamas (1848-1927), arquitecto leonés afincado en Jaén, realizó la mayor parte de su obra al servicio del Obispado y de la Diputación Provincial de Jaén. Fue un hombre muy inteligente y trabajador. En el campo de la arquitectura religiosa, le gustaba construir dentro de los estilos de atribuida espiritualidad: el gótico, el románico y el románico-bizantino.
Las virtudes que poseía como hombre y como artista, las supo representar el escultor don José capuz en el monumento erigido en su memoria, que se conserva en la Plaza del Deán de Mazas en Jaén (Lám. II).
En la primera propuesta, don Justino quería, y así lo aconsejó, construir un templo gótico de estilo puro. Este proyecto no lo aceptó la Junta, dado el enorme costo que supondría al vecindario (8.965 habitantes en 1887) y los pocos recursos con que contaban. Por la misma razón se descartó el estilo renacentista.
El señor Flórez Llamas, decía: “Es un dolor, que las diferentes tentativas hechas en varias ocasiones para llevar a cabo esta idea, hayan sido infructuosas, apagando en parte el buen deseo de que el vecindario se encontraba animado, en nuestro humilde concepto. Los fracasos no han tenido otra causa que la falta de un estudio completo que diera a conocer fijamente el sacrificio que al pueblo se exigía, y el tiempo que había de tardar en ver realizados sus deseos” (16).
Estudiadas todas las consideraciones, dificultades y posibilidades, la Junta Parroquial aceptó el estilo románico-bizantino. Era el más adecuado para que el templo resultara bello, en medio de la sencillez que las circunstancias económicas aconsejaban (Lám. III). El empleo de la piedra como gran elemento tectónico en este estilo, era posible en Porcuna, teniendo en cuenta la tradición de buenos canteros en la localidad, para labrar la arenisca dura de sus canteras, en la construcción de tan magna obra (17).
En el “Proyecto de Iglesia Parroquial para la villa de Porcuna” (Lám. IV) aparecen algunas medidas para economizar que, en su mayoría, se realizaron:
―Para reducir en lo posible el presupuesto y hacerlo asequible, no vacilaron un solo instante en la conservación de la sacristía de la antigua iglesia, “que es buena y espaciosa, con lo cual se introduce en la totalidad del presupuesto una buena economía” (18). Como la torre y la sacristía no tenían sus ejes o líneas medias en una misma línea recta se presentaron problemas, para encajar la totalidad del edificio entre ambas (Lám. V).
―Se conservó todo lo que se pudo del primer cuerpo de la torre, con lo que se evitó un gasto no despreciable.
―Para la realización de la fachada principal, se aprovecharon los materiales procedentes de la demolición de la parte alta de la torre y del hueco que practicaron en el cuerpo inferior, para hacer por ese lugar la entrada principal del templo (Lám VI).
―Se procuró salvar y consolidar la vieja cimentación. El terreno no era bueno, presentaba oquedades y se profundizó hasta tener la seguridad absoluta de que por ese concepto la obra no sufriría movimiento alguno.
―Los arcos del crucero, son los únicos que se hicieron de piedra por tener que soportar el peso de la cúpula. Todos los demás arcos de la nave principal, así como las bóvedas se hicieron fingidas, con revestimiento de yeso. Tienen en su estructura unas cerchas formadas de tablones y suspendidas de la armadura de la cubierta.
―Las piezas de madera de toda la obra de carpintería de armar que entró en el edificio, se trajo de la Sierra de Segura y supuso un gran ahorro en el transpote (19).
―Los muros del interior del templo se hicieron de mampostería concertada. Los esquinales, impostas y coronamientos son de sillería. Los pilares del interior están hechos de losas, construcción que resulta sólida y más barata.
―En la decoración interior del templo, por razones de economía, el arquitecto prescindió de muchos elementos propios del estilo, esperando que resultara su belleza por sí misma de las proporciones, juego y armonía de las masas.
―Los capiteles de todas las columnas se decoraron con unas hojas de extremada sencillez.
―Las fachadas laterales de la iglesia, norte y sur, con sus correspondientes puertas de acceso al templo, no tienen más decoración que la que le prestan las ventanas y los óculos de la planta baja, todos los demás muros se hicieron de mampostería con los contrafuertes.
―Diseñó varias dependencias para juntas de hermandades, custodia de archivos y conservación de vasos y ornamentos. Para ahorrar costos, parte de estas estancias están trazadas en el lado oeste de la sacristía.

Teniendo en cuenta estas economías (y otras no especificadas) el arquitecto consiguió “formar un proyecto cuyos gastos no excedan de lo que el vecindario puede soportar, y que normalice la realización del pensamiento, hasta ahora desordenado, sujetándose a lo que en todas sus partes encierra esta Memoria” (20).
La construcción del templo se llevaría a cabo en cuatro secciones, siguiendo el Proyecto:
Primera: Desde la primera hilada de los cimientos hasta la superficie del terreno natural (3 metros).
Segunda: Desde la primera hilada del zócalo, hasta cubrir las naves laterales (9,50 metros).
Tercera: Desde la cubierta de las naves bajas hasta la de la nave principal (7 metros).
Cuarta: Desde la cubierta de la nave central hasta la terminación de la torre (17 metros).
Teniendo en cuenta todas las economías que fueron posibles, para simplificar los gastos, reflejamos el siguiente extracto:

Resumen del presupuesto de ejecución material de las cuatro secciones en que se ha dividido el proyecto:
―Cimentación: 12.495,47 pesetas.
―Obras de fábrica: 148.451,19 pesetas.
―Accesorios: 6.717,50 pesetas.
―Decoración: 11.956 pesetas.
Total general: 179.620,16 pesetas.

Resumen del presupuesto de contrata de las cuatro secciones del proyecto:
―Ejecución material de las obras: 179.620,16 pesetas.
―Gastos imprevistos, 1 % : 1.796,20 pesetas.
―Beneficio industrial (comprendido el 3 % por el interés del dinero adelantado), 5 % : 8.981,03 pesetas.
Total general: 206.563,21 pesetas.
Esta es la cantidad en que se contrató la edificación del templo (21), pero el gasto final superó con creces la cuantía que los responsables calculaban, como veremos más adelante.


Antes de finalizar el año 1888, se colocó la primera piedra. Como la Junta contaba con algunos recursos procedentes de limosnas, regalos y donativos de los fieles, decidió dar principio a las obras.
En 1889, bajo la dirección del arquitecto, comenzaron a derribarse todas aquellas partes que no eran válidas y a preparar el terreno para hacer una buena cimentación (22).
Los trabajos se vieron interrumpidos sin llegar a comenzar la fábrica del edificio proyectado. Al primer fervor había sucedido la tibieza.
La obra amenazaba desmoronarse sobre los propios cimientos, según nos refiere la madre Ángeles Borrego, priora del Convento de Dominicas de Porcuna, “quien conspiró ante el Obispo de Jaén para que el misionero, P. Francisco de Paula Tarín, viniera a Porcuna”.
“Fue uno de los más grandes misioneros de finales del siglo XIX y principio del XX. La devoción al Corazón de Jesús, era el gran resorte apostólico del Padre Tarín en su vida de misionero (Lám. VII) […] ahí estuvo el misterio que nos explica su impresionante y extremamente fecunda actividad apostólica […] Era como un volcán en permanente efervescencia. Era el hombre de una idea fija, siempre en tensión. Esa idea fija era sencillamente…¡las almas!” (23).
Cuando el padre Tarín conoció a la madre priora del convento, asombrado por su tenacidad, dijo: “Lástima que Dios nuestro Señor no haya hecho misionera a sor Ángeles” (24).
Para predicar en misiones, novenas y ejercicios, vino a Porcuna en diez ocasiones, en el período que va desde el 10 de mayo de 1890 a septiembre de 1910.
En Porcuna, las personas que conocieron al Padre Tarín, contaban que apenas dormía, que pasaba las noches en oración. El Padre Granero recoge en su libro este mismo testimonio de otros pueblos. “El rosario de madrugada (rosario de la aurora) y el gran sermón a la anochecida eran los dos puntos-claves o las bisagras sobre las cuales giraba la misión” (25).
Él fue el verdadero motor de la obra de la iglesia nueva de Porcuna. Muchas de sus predicaciones misionales tenían que celebrarse en la Plaza, dada la enorme concurrencia de personas de los distintos estratos sociales (26).
El Padre Tarín, en una carta escrita a la Madre Ángeles Borrego, decía: “usted se acordará de aquella noche cuando estaba Nuestro Padre Jesús en la plaza y no cabía en ella un alfiler más y un pobre misionero decía desde el balcón de Dª. Dolores: Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera y de todo mal nos defiende, etc.” (27).
Sensibilizó al pueblo y aportó la fórmula para allegar fondos destinados a la construcción. Se encontró con “un solar amplio y un proyecto bonito. Pero la obra estaba parada y no le veían el fin, por falta de dinero. El Padre les animó: Hay que terminar la iglesia nueva. Con el dinero de todos. Quienes pudieran más, que dieran mucho. Quienes pudieran poco, a perra gorda (diez céntimos). Fue un golpe genial: el P. Tarín dejó instalado en la parroquia (iglesia de San Francisco) un cepillo dedicado a las obras; y pidió a los porcunenses que cada vez que tuvieran diez céntimos en su mano, los guardaran para echarlos al cepillo” (28).

La Junta, de acuerdo con el Ayuntamiento, puso en práctica la idea, creando un impuesto voluntario sobre los granos y los aceites. Fue aprobado por todos los vecinos, en una reunión multitudinaria. Este impuesto se conocía con el nombre de la perra gorda de la Iglesia (Lám.VIII). Por cada fanega o arroba de los productos antes citados, que se vendieran, diez céntimos eran para la construcción del templo. Un representante de la Junta se encargaba del cobro y diariamente exponían al público un estado de las operaciones: ingresos e inversiones de los dineros recogidos (29).
En marzo de 1891 empezó el derribo de la parte alta de la torre del viejo templo y la Corporación Municipal se planteó que “era urgente decidir lo que se hacía con el reloj de la Villa […] que se tuviese en cuenta que era incalculable el tiempo que duraría la construcción de la nueva torre” (30).
Acordaron colocarlo en el edificio del Pósito donde estaba instalada, desde febrero de 1885, la Secretaría Capitular del Cabildo. Las demás oficinas y despachos del Ayuntamiento se encontraban en la casa nº 1 de la calle Villa (31).
El reloj se ubicó en el lado derecho de la fachada del Pósito, cercano al arco de la Carrera, bajo el alero del edificio y en el eje de la ventana. En el tejado se construyó un pedestal con dos soportes de piedra arenisca para sostener la campana.
El párroco, don Francisco Ruiz Linde, en un artículo publicado en el periódico El Pueblo Católico, con fecha 31 enero de 1898, nos da la clave del comienzo real de la construcción: “El pueblo de Porcuna, viene, seis años hace, realizando una obra verdaderamente extraordinaria, colosal, titánica; una obra que no puede calificarse de otra manera, sino llamándola providencial...” (32).
Fue 1892 el año del inicio, pero en 1893 se interrumpieron las obras. Recuperada la tesorería de la Junta, en 1894 se inicia la segunda temporada que duró hasta finales de septiembre del mismo año. Por El Pueblo Católico, sabemos que desde primero de octubre de 1894 se contabilizaban los donativos, por quincenas, para la tercera temporada que empezó el día 1 de junio de 1895 y terminó el 15 de noviembre del mismo año. Los donativos ascendieron a la cantidad de 50.151 reales y 80 céntimos; los gastos de la obra 46.853 reales y 80 céntimos; los fondos para la cuarta temporada se iniciaron con 3.298 reales (33).
“En el citado año de 1895 las obras iban bastante avanzadas, pues ya en septiembre se estaba trabajando en la construcción de la cúpula sobre el crucero. Durante el período de construcción no faltaron los accidentes laborales; citemos como triste ejemplo el acaecido el 11 de noviembre de 1895 cuando, al bajar de una altura de doce metros, cayó del andamio el albañil Juan Bautista de Torres, que estaba trabajando en uno de los laterales de la Iglesia. Su caída fue casi de cabeza y ofrece pocas esperanzas de vida” (34).
En enero de 1898, el párroco, en una publicación nos dice que se estaban construyendo “dependencias para juntas de hermandades, custodia de archivos y conservación de vasos y ornamentos sagrados, ensanche y escalinata de sus alrededores” y que “el costo de las obras ascenderá próximamente a treinta y cinco mil duros”. Hace una justa alabanza a los miembros de la Junta “por su celo, alteza de miras y rectitud administrativa intachable y siempre pública de los individuos que forman la Junta Parroquial” (Lám. IX). El texto aparece ilustrado con una fotografía donde se aprecia lo avanzada que estaba la construcción (35).
En agosto de ese mismo año, estaban haciendo la bóveda de la iglesia para después colocar la techumbre (36).
Es justo que recordemos en estas páginas a don Manuel Muñoz Hernández, natural de Andújar, que vino a Porcuna como maestro de obra para dirigir a los albañiles que hicieron posible la realidad del proyecto. Se le conocía en el pueblo como el Maestro de la Iglesia. “Se casó con la porcunense doña Ana García López” (37), creó su familia y vivió en la localidad hasta el día de su muerte.
El Sr. Obispo de Jaén don Victoriano Guisasola y Menéndez, en abril de 1899 visitó Porcuna y felicitó a todos sus habitantes “de cuya fe da testimonio el hermoso y amplio templo que hoy levanta a sus expensas a fuerza de mil sacrificios dignos de todo elogio, a cuyos sacrificios une también el suyo, dando mil pesetas para el mismo fin” (38).
En 1899, el pueblo tenía 9.554 habitantes. En este año, las obras se pararon antes de lo que la Junta deseaba, porque se acabaron los fondos. La iglesia ya estaba enlucida en su interior y de la torre se había edificado hasta el cuerpo de campanas (39)
El Obispo de Jaén don Salvador Castellote y Pinazo (1901-1906), en Visita Pastoral a Porcuna y preocupado con la terminación del templo, dejó escrito: “excitamos el celo del Sr. Cura Ecónomo y de los que le sucedan en el cargo para que, por cuantos medios estén a su alcance, procure activar las obras de la nueva iglesia parroquial en construcción, a fin de que se satisfaga con su pronta inauguración una necesidad imprescindible e improrrogable en esta Parroquia” (40).
Con fecha 9 de mayo de 1903, el Sr. Obispo, comunicó al Ministerio de Gracia y Justicia que se habían terminado las obras de la Iglesia Parroquial de Porcuna (Lám. X). El día 16 de julio del mismo año, el Subsecretario del citado Ministerio respondía al Sr. Obispo: “S.M. el Rey se ha servido disponer que por el Arquitecto diocesano se verifique la recepción provisional de las mismas” (41).
Por Real Orden de 15 de noviembre de 1904, comunicó el Ministerio la recepción definitiva de la obras de terminación del templo, llevadas a cabo por el contratista de las mismas, don Antonio Failde Castañeira.
La Junta Diocesana de Construcción y Reparación de Templos de la Diócesis de Jaén, en sesión celebrada el día 26 de mayo de 1905, acordó lo siguiente: “no resultando en contra de don Antonio Failde Castañeira, responsabilidad alguna por haberlas ejecutado con entera sujeción al proyecto, no hay inconveniente por parte de la referida Junta en la devolución de la fianza al Contratista” (42).
Don Ramón Anguita Carrillo, decía: “Después de un largo período de treinta y ocho años, que pusieron a prueba la generosidad de los hijos de Porcuna, se logró dar cima a esta importantísima obra (Lám. XI), merced al concurso generoso y constante de un pueblo, que de modo tan patente daba muestras de su fe y de su piedad” (43).
El arquitecto, Sr. Flórez Llamas, se unía a los sentimientos del pueblo: “Permítasenos que nos felicitemos de haber coadyuvado, en la medida de nuestras fuerzas, a la erección de un templo, que tanto enaltece al pueblo de Porcuna y que tan alto habla a favor de sus piadosos y cristianos sentimientos” (44).
Ahora se pedía un nuevo esfuerzo a los vecinos de la villa. Había que pintar sus muros y bóvedas, colocar el altar del presbiterio con su templete, púlpito, órgano, vidrieras en sus 18 ventanas y 14 óculos de la planta baja, puertas, lámpara del crucero, iluminación, imágenes, retablos, etc.
El pueblo se sentía orgulloso del edificio levantado, pero estaban atravesando un período de sequía muy grave (1903–1905). Un porcentaje elevadísimo de familias pasaban muchas necesidades. Los desniveles sociales continuaban y los fermentos revolucionarios crecían. El ambiente rural en Andalucía había empeorado fuertemente.
Esta situación se encontró el Padre Tarín cuando vino a predicar en octubre de 1904. “El misionero tuvo una reacción genial, de las suyas. Pesaba sobre los campos una sequía feroz. Tarín convocó a los mozos del pueblo y se confabuló con ellos para ir sigilosamente a la ermita de Alharilla, “robar” la Virgen patrona y traerla inesperadamente en procesión a Porcuna. Las jóvenes saldrían a recibirles a mitad del camino, mientras el campanil de la parroquia (iglesia de San Francisco) tocaría a rebato. Se armó un jolgorio sensacional, y además llovió… El Padre Tarín fue, otra vez, amo de Porcuna” (45). De esta manera se reavivó el espíritu y los donativos fueron llegando hasta lograr que cubrieran las necesidades más urgentes.
El misionero acudía “a las personas de posición y prestigio, sobre las que ejercía gran ascendiente” (46) y conseguía importantes donativos para la iglesia nueva.
No perdía ninguna ocasión para ayudar a Porcuna. En agosto de 1909, estando en San Fernando (Cádiz), le dijeron que habían nombrado Obispo de Jaén a don Juan Manuel Sanz y Saravia. En una carta a la madre Ángeles Borrego, decía del nuevo obispo: “es celosísimo y lo conozco y lo trato hace veintitantos años, y es él un santo y lo primero que hará será pensar en Porcuna, porque si Dios quiere la semana que viene iré a Sevilla y lo veré y le hablaré de la deseada inauguración. Dios quiera que pronto tome posesión…” (47).
Cuando el Templo se inauguró, había superado ampliamente la cantidad presupuestada en el Proyecto. En conjunto, costó más de 500.000 pesetas, decía una crónica (16-9-1910) en El Pueblo Católico (48).
Por deseo del Sr. Obispo y de los hijos de Porcuna, el Padre Tarín vino a la inauguración de la Parroquia y, aunque estaba muy enfermo, predicó un triduo (días: 10, 11 y 12 de septiembre de 1910) para preparar y disponer convenientemente a los fieles a la Comunión General del día grande.
El Padre Granero, de la Compañía de Jesús, nos dice que en esta predicación no estuvo a su altura, ya no podía. El misionero estaba gravemente enfermo, “su presencia exterior era ya triste y resquebrajada. Su rostro estaba por extremo demacrado… la voz, cascadísima y gangosa, salía de la garganta con sumo trabajo, a duras penas, y con un sonido especial agudo que la afeaba”. Vino a Porcuna desobedeciendo a los médicos, porque no podía faltar a la inauguración de “su iglesia”. A los tres meses, en diciembre de 1910, falleció (49).
El Padre Tarín sentía verdadera devoción por Porcuna: “Ya sabe que aún cuando no escriba mucho porque siempre fui perezoso y ahora que voy a cumplir sesenta y dos años, lo voy siendo más (ya estaba afectado por la grave enfermedad), sin embargo no dejo de encomendar a Dios en el Santo Sacrificio a Sor Ángeles y las Dominicas y los Hermanos del Rosario con quienes tengo carta de Hermandad, y Porcuna que miro como mi segunda patria; y todo lo de Porcuna me interesa y no en vano he tenido ahí los mejores días y sobre todo las mejores noches de mi vida” (50).
“La ciudad de Porcuna debe al Reverendo Padre Tarín muchos beneficios: su obra evangélica; el fomento de muchas y nobles vocaciones religiosas; la fundación de Las Conferencias de San Vicente de Paul y la Asociación de Hijas de María; y, sobre todo, su contribución, muy eficaz, a la construcción de la Iglesia Parroquial, obra que engrandece a Porcuna” (51).

1 comentario:

  1. Luis Emilio Vallejo Delgado15 de marzo de 2010 04:56

    Qué mejor regalo a este magnífico edificio, fruto de la capacidad de un pueblo de levantar obras como esta en momentos difíciles, que este blog que clarifica su historia.
    "Investigar" es un proceso continuo que se inició en el libro "La Parroquia de Porcuna y los Murales de Julio Romero de Torres" (Ayuntamiento de Porcuna. Col. Obulco nº 1. 1992) y ahora es blog, con nueva presentación, documentos y dibujos que engrandecen nuestro conocimiento del monumento y al investigador por su tarea desinteresada y franca por el Patrimonio material e inmaterial de Porcuna y sus gentes.
    En hora buena.

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