lunes, 8 de marzo de 2010

CONSTRUCCIÓN DE LA IGLESIA NUEVA


Todo el lado septentrional de la plaza de Andalucía está ocupado por el suntuoso templo de Nuestra Señora de la Asunción, legítimo orgullo de la Ciudad, orientado de este a oeste, como es preceptivo (Lám. I).
La iglesia nueva fue levantada en el mismo solar de la primitiva. En su inauguración, el párroco don Ramón Anguita Carrillo decía en su sermón: “Tenía Porcuna en este mismo sitio y solar, un magnífico templo parroquial, á que el pueblo llamaba con énfasis la Iglesia Mayor; según las referencias que nos hacen los antiguos, los restos de su ornamentación que se conservan, y la amplia extensión que ocupaba, era en efecto una fábrica soberbia, monumental, de estilo renacimiento. En ese templo, durante el curso de los años y de los siglos, habían ido acumulando, la fe y la piedad su generosidad y sus tesoros, y el arte sus delicadas preciosidades y magnificencias. En él se habían postrado una larga serie de generaciones; bajo sus elegantes y atrevidas bóvedas, al pie de sus altares, habían orado las familias de la antigua villa […] En el espacio que ocupa ahora la lonja y la placeta, estuvo el cementerio; y en ese recinto sagrado, al pie de un árbol secular, que extendía sus gigantescas ramas como centinela mudo de la ciudad de los que fueron, allí dormían vuestros ascendientes el sueño misterioso de la muerte.
Era aquel templo como un inmenso y precioso relicario donde todos los hijos de Porcuna guardaban sus recuerdos más queridos y sus tradiciones más veneradas […] Aquella ingente fábrica había visto desfilar ante sus muros, siglos y generaciones; había resistido impávida hasta entonces la recia acometida del tiempo, y sentido a sus pies muchas veces las espantosas convulsiones de la tierra; cual poderoso gigante levantaba a los cielos su frente colosal de piedra y granito desafiando a la destrucción y a la muerte” (1). Fue el centro principal de culto y servicios religiosos de los porcunenses.
El terremoto de primero de noviembre de 1755, produjo gravísimos daños en el edificio. Para restaurar los deterioros que había producido el seísmo, sabemos que el templo se tuvo que cerrar en varias ocasiones: en mayo de 1757; noviembre de 1758; marzo de 1760 y junio de 1760. En estas citas se habla de la imposibilidad de celebrar entierros, misas, sermones y otros actos colectivos, porque las naves estaban ocupadas de materiales (2).
Las sucesivas restauraciones no fueron acertadas. En diciembre de 1871, el párroco y cura rector don Lucio José Martín de Lucía, de la insigne y real Orden de Calatrava, informó al Cabildo del Ayuntamiento en los siguientes términos: “que una de las columnas de la iglesia, en que descansa la nave principal, había experimentado un hundimiento sensible que hacía temer su próxima ruina; y con el fin de evitar las consecuencias funestas que pudiera acarrear un accidente de tal naturaleza si previamente no se tomaran las medidas necesarias, lo hacía presente a la Corporación para que en su visita determinaran lo conveniente” (3).
Don Ramón Anguita, nos dice: “Era el año de gracia de 1872, aquel de tan frecuentes algaradas y agitaciones políticas en nuestra amada patria, el día 7 de enero, serían las nueve de la mañana próximamente, el templo estaba abierto, y ante el asombro aterrador de los fieles, se estremecieron fuertemente sus cimientos, temblaron sus muros, se bambolearon sus columnas, crujió su techumbre, y en pocos minutos quedó reducido a confuso montón de escombros y ruinas […] Dicen que fue por abandono y por incuria de alguien que debió tener celo, y diligencia, y previsión; yo no lo sé, y he de correr sobre ese dicho y opinión un velo caritativo y piadoso… pero no, debió ser la acción corrosiva de los siglos”(4).
La iglesia fue clausurada, definitivamente, por haberse desplomado una de sus columnas y gran parte de la bóveda y techumbre a la que servía de sostén (5).
En 1872, el clero y el culto de la Parroquia se trasladaron a la iglesia de San Francisco, perteneciente al convento de religiosos Franciscanos Recoletos hasta la Desamortización. “Dicho templo contiene un coro y presbiterio sumamente capaz y en el mejor estado, su buena sacristía y habitaciones sobradas para archivo y demás dependencias necesarias” ( 6).
En 1872, se constituyó la “Junta Local de Reparación de la Parroquia”, presidida por don Lucio Martín de Lucía, último párroco perteneciente a la Orden de Calatrava en este pueblo (7). En la primera reunión acordaron la construcción de un nuevo templo, en vista de las condiciones tan deplorables en que había quedado.
La efervescencia de la Primera República (1873), la politización de las clases sociales, las revueltas y luchas civiles, la escasa retribución de los salarios, la ausencia de fondos en la Parroquia y la pertinaz sequía (1882-85), crearon problemas muy serios en toda la población, especialmente en la clase social menos favorecida. Todas estas circunstancias hicieron inviable el comienzo de las obras de la nueva iglesia.
En el año 1875, Porcuna contaba con una población de 8.000 habitantes.
En 1883, la Junta Local de Reparación de la Parroquia hizo algunas tentativas de iniciar las obras, con escasos resultados.
El cronista de la Villa nos dice: “Un arquitecto, cuyo nombre ignoramos, se hizo cargo del proyecto y levantó el plano del nuevo Templo. Su coste total ascendía a seiscientas mil pesetas. Grande era el deseo de los fieles de ver reedificado aquel templo, cuyas ruinas llenaban los ánimos de tristeza, y múltiples las gestiones que realizó la Junta para arbitrar recursos y dar principio a la magna obra, pero esta resultaba impracticable en aquella época” (8).
Cerca de veinte años estuvo el solar esperando que se comenzara la nueva fábrica del templo. Sólo se mantenían en pie la sacristía y la torre de la vieja iglesia, donde estaba ubicado el reloj de la Villa que, a diario, marcaba la hora del acontecer de la población (9).

En 1884, siendo alcalde don Manuel Pineda y Aguilera, correspondiendo al interés que el vecindario tenía en reedificar el Templo Parroquial, se ocupó seriamente del tema. El Sr. Regidor-Síndico, D. Manuel Dacosta Juárez, decía: “esta es una obra que reclama con urgencia todo el vecindario sin distinción de clases y que el Ayuntamiento no puede ni por un solo momento permanecer indiferente tratándose de un asunto de tanta importancia para la localidad y por no ser posible continúe tampoco el actual estado de cosas pues como todos saben la iglesia de San Francisco habilitada provisionalmente para parroquia no reúne las condiciones de capacidad en el local para contener a los numerosos fieles que acuden a cumplir con los preceptos religiosos”(10).
El Cabildo estudió la manera de ayudar y ante la imposibilidad de establecer arbitrios y recursos extraordinarios para este objeto, sus miembros acordaron solicitar del Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación, en calidad de préstamo, la cantidad de 50.000 pesetas, de los fondos del Pósito, reintegrables en veinte años, pagando la cantidad de 2.500 pesetas. cada año hasta la extinción del débito. Dada la imperiosa necesidad de gestionar este expediente, se trasladaron el día 27 de mayo de 1884 a la capital del Reino, el Sr. Alcalde y el Presbítero don José María Ruiz García (11).
A la situación de escasez y de carencias, provocada por la sequía, se sumó la terrible amenaza de cólera en 1885. La epidemia no tuvo incidencia alguna en nuestra villa, gracias a una serie de medidas cautelares que evitaron el contagio, tomadas por el Cabildo que presidía don Manuel Pineda y Aguilera.
En una función teatral organizada a beneficio de las obras del templo, el día 12 de enero de 1885, el cronista de la villa don Eugenio Molina leyó su poema ¡Ruinas!, donde se quejaba de la realidad presente (12):

Triste, muy triste en verdad
es ver tal desolación,
y en vez de santa mansión
ruinas y soledad!...
De los fieles la piedad
se excita con noble aliento;
más ven el hondo cimiento
y entonces dudan y callan,
y los ánimos desmayan,
y muestran su abatimiento.
¿Por qué oculta el corazón
el impulso generoso?
¿Por qué el óbolo piadoso
falta a la edificación?
¿Por qué en la actual ocasión
decae el ánimo cobarde,
y esa fe de que hace alarde
pueblo tan noble y creyente,
niega su apoyo influyente,
exclamando: ¡Nunca o tarde!?

.……………………………

El poeta deseaba levantar el ánimo de los paisanos, reclamaba la generosidad de los terratenientes y la colaboración de todos los ciudadanos. Observamos en el poema: la sensación de impotencia que sentían los hijos de Porcuna, cuando contemplaban en la Plaza un paisaje tan desolador; interpretamos que en esa fecha se habían realizado trabajos preparatorios de retirada de escombros, para la cimentación del templo; y apreciamos la dura realidad económica que vivía el pueblo en aquellos años.
En el paseo de la Plaza estaban las piedras amontonadas, todos los materiales de los hundimientos de la Iglesia Parroquial y los escombros del viejo Ayuntamiento, al derrumbarse el edificio en su mayor parte, el día 6 de febrero de 1885 (13).
En octubre de 1887, el Cabildo exigió a la Junta que cercara el área del solar de la iglesia y dejara libre el tránsito de la calle Cementerio, obstruida por unos sillares de mamposterías, en ella colocados, hace cuatro años, cuando se intentó la reedificación del templo (14).
En noviembre del mismo año, el Concejo concedió veinte días de prórroga a la Junta, para que retirara los sillares y cercara el solar, “dado el sin número de alimañas que anidan en el solar de la iglesia, que por las noches invaden las viviendas, de la calle Cementerio, devorando las provisiones de sus despensas y comiéndose hasta los vestidos de uso diario” (15).
A Porcuna le faltaba una persona que aunara a sus vecinos, con fe, en una idea realizable (la construcción del templo) y un arquitecto que hiciera posible esa noble idea, partiendo de los escasos medios económicos de que disponían.
La Junta Local visitó al arquitecto del Obispado y le encargó el Proyecto de la nueva iglesia de Porcuna.
Don Justino Flórez Llamas (1848-1927), arquitecto leonés afincado en Jaén, realizó la mayor parte de su obra al servicio del Obispado y de la Diputación Provincial de Jaén. Fue un hombre muy inteligente y trabajador. En el campo de la arquitectura religiosa, le gustaba construir dentro de los estilos de atribuida espiritualidad: el gótico, el románico y el románico-bizantino.
Las virtudes que poseía como hombre y como artista, las supo representar el escultor don José capuz en el monumento erigido en su memoria, que se conserva en la Plaza del Deán de Mazas en Jaén (Lám. II).
En la primera propuesta, don Justino quería, y así lo aconsejó, construir un templo gótico de estilo puro. Este proyecto no lo aceptó la Junta, dado el enorme costo que supondría al vecindario (8.965 habitantes en 1887) y los pocos recursos con que contaban. Por la misma razón se descartó el estilo renacentista.
El señor Flórez Llamas, decía: “Es un dolor, que las diferentes tentativas hechas en varias ocasiones para llevar a cabo esta idea, hayan sido infructuosas, apagando en parte el buen deseo de que el vecindario se encontraba animado, en nuestro humilde concepto. Los fracasos no han tenido otra causa que la falta de un estudio completo que diera a conocer fijamente el sacrificio que al pueblo se exigía, y el tiempo que había de tardar en ver realizados sus deseos” (16).
Estudiadas todas las consideraciones, dificultades y posibilidades, la Junta Parroquial aceptó el estilo románico-bizantino. Era el más adecuado para que el templo resultara bello, en medio de la sencillez que las circunstancias económicas aconsejaban (Lám. III). El empleo de la piedra como gran elemento tectónico en este estilo, era posible en Porcuna, teniendo en cuenta la tradición de buenos canteros en la localidad, para labrar la arenisca dura de sus canteras, en la construcción de tan magna obra (17).
En el “Proyecto de Iglesia Parroquial para la villa de Porcuna” (Lám. IV) aparecen algunas medidas para economizar que, en su mayoría, se realizaron:
―Para reducir en lo posible el presupuesto y hacerlo asequible, no vacilaron un solo instante en la conservación de la sacristía de la antigua iglesia, “que es buena y espaciosa, con lo cual se introduce en la totalidad del presupuesto una buena economía” (18). Como la torre y la sacristía no tenían sus ejes o líneas medias en una misma línea recta se presentaron problemas, para encajar la totalidad del edificio entre ambas (Lám. V).
―Se conservó todo lo que se pudo del primer cuerpo de la torre, con lo que se evitó un gasto no despreciable.
―Para la realización de la fachada principal, se aprovecharon los materiales procedentes de la demolición de la parte alta de la torre y del hueco que practicaron en el cuerpo inferior, para hacer por ese lugar la entrada principal del templo (Lám VI).
―Se procuró salvar y consolidar la vieja cimentación. El terreno no era bueno, presentaba oquedades y se profundizó hasta tener la seguridad absoluta de que por ese concepto la obra no sufriría movimiento alguno.
―Los arcos del crucero, son los únicos que se hicieron de piedra por tener que soportar el peso de la cúpula. Todos los demás arcos de la nave principal, así como las bóvedas se hicieron fingidas, con revestimiento de yeso. Tienen en su estructura unas cerchas formadas de tablones y suspendidas de la armadura de la cubierta.
―Las piezas de madera de toda la obra de carpintería de armar que entró en el edificio, se trajo de la Sierra de Segura y supuso un gran ahorro en el transpote (19).
―Los muros del interior del templo se hicieron de mampostería concertada. Los esquinales, impostas y coronamientos son de sillería. Los pilares del interior están hechos de losas, construcción que resulta sólida y más barata.
―En la decoración interior del templo, por razones de economía, el arquitecto prescindió de muchos elementos propios del estilo, esperando que resultara su belleza por sí misma de las proporciones, juego y armonía de las masas.
―Los capiteles de todas las columnas se decoraron con unas hojas de extremada sencillez.
―Las fachadas laterales de la iglesia, norte y sur, con sus correspondientes puertas de acceso al templo, no tienen más decoración que la que le prestan las ventanas y los óculos de la planta baja, todos los demás muros se hicieron de mampostería con los contrafuertes.
―Diseñó varias dependencias para juntas de hermandades, custodia de archivos y conservación de vasos y ornamentos. Para ahorrar costos, parte de estas estancias están trazadas en el lado oeste de la sacristía.

Teniendo en cuenta estas economías (y otras no especificadas) el arquitecto consiguió “formar un proyecto cuyos gastos no excedan de lo que el vecindario puede soportar, y que normalice la realización del pensamiento, hasta ahora desordenado, sujetándose a lo que en todas sus partes encierra esta Memoria” (20).
La construcción del templo se llevaría a cabo en cuatro secciones, siguiendo el Proyecto:
Primera: Desde la primera hilada de los cimientos hasta la superficie del terreno natural (3 metros).
Segunda: Desde la primera hilada del zócalo, hasta cubrir las naves laterales (9,50 metros).
Tercera: Desde la cubierta de las naves bajas hasta la de la nave principal (7 metros).
Cuarta: Desde la cubierta de la nave central hasta la terminación de la torre (17 metros).
Teniendo en cuenta todas las economías que fueron posibles, para simplificar los gastos, reflejamos el siguiente extracto:

Resumen del presupuesto de ejecución material de las cuatro secciones en que se ha dividido el proyecto:
―Cimentación: 12.495,47 pesetas.
―Obras de fábrica: 148.451,19 pesetas.
―Accesorios: 6.717,50 pesetas.
―Decoración: 11.956 pesetas.
Total general: 179.620,16 pesetas.

Resumen del presupuesto de contrata de las cuatro secciones del proyecto:
―Ejecución material de las obras: 179.620,16 pesetas.
―Gastos imprevistos, 1 % : 1.796,20 pesetas.
―Beneficio industrial (comprendido el 3 % por el interés del dinero adelantado), 5 % : 8.981,03 pesetas.
Total general: 206.563,21 pesetas.
Esta es la cantidad en que se contrató la edificación del templo (21), pero el gasto final superó con creces la cuantía que los responsables calculaban, como veremos más adelante.


Antes de finalizar el año 1888, se colocó la primera piedra. Como la Junta contaba con algunos recursos procedentes de limosnas, regalos y donativos de los fieles, decidió dar principio a las obras.
En 1889, bajo la dirección del arquitecto, comenzaron a derribarse todas aquellas partes que no eran válidas y a preparar el terreno para hacer una buena cimentación (22).
Los trabajos se vieron interrumpidos sin llegar a comenzar la fábrica del edificio proyectado. Al primer fervor había sucedido la tibieza.
La obra amenazaba desmoronarse sobre los propios cimientos, según nos refiere la madre Ángeles Borrego, priora del Convento de Dominicas de Porcuna, “quien conspiró ante el Obispo de Jaén para que el misionero, P. Francisco de Paula Tarín, viniera a Porcuna”.
“Fue uno de los más grandes misioneros de finales del siglo XIX y principio del XX. La devoción al Corazón de Jesús, era el gran resorte apostólico del Padre Tarín en su vida de misionero (Lám. VII) […] ahí estuvo el misterio que nos explica su impresionante y extremamente fecunda actividad apostólica […] Era como un volcán en permanente efervescencia. Era el hombre de una idea fija, siempre en tensión. Esa idea fija era sencillamente…¡las almas!” (23).
Cuando el padre Tarín conoció a la madre priora del convento, asombrado por su tenacidad, dijo: “Lástima que Dios nuestro Señor no haya hecho misionera a sor Ángeles” (24).
Para predicar en misiones, novenas y ejercicios, vino a Porcuna en diez ocasiones, en el período que va desde el 10 de mayo de 1890 a septiembre de 1910.
En Porcuna, las personas que conocieron al Padre Tarín, contaban que apenas dormía, que pasaba las noches en oración. El Padre Granero recoge en su libro este mismo testimonio de otros pueblos. “El rosario de madrugada (rosario de la aurora) y el gran sermón a la anochecida eran los dos puntos-claves o las bisagras sobre las cuales giraba la misión” (25).
Él fue el verdadero motor de la obra de la iglesia nueva de Porcuna. Muchas de sus predicaciones misionales tenían que celebrarse en la Plaza, dada la enorme concurrencia de personas de los distintos estratos sociales (26).
El Padre Tarín, en una carta escrita a la Madre Ángeles Borrego, decía: “usted se acordará de aquella noche cuando estaba Nuestro Padre Jesús en la plaza y no cabía en ella un alfiler más y un pobre misionero decía desde el balcón de Dª. Dolores: Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera y de todo mal nos defiende, etc.” (27).
Sensibilizó al pueblo y aportó la fórmula para allegar fondos destinados a la construcción. Se encontró con “un solar amplio y un proyecto bonito. Pero la obra estaba parada y no le veían el fin, por falta de dinero. El Padre les animó: Hay que terminar la iglesia nueva. Con el dinero de todos. Quienes pudieran más, que dieran mucho. Quienes pudieran poco, a perra gorda (diez céntimos). Fue un golpe genial: el P. Tarín dejó instalado en la parroquia (iglesia de San Francisco) un cepillo dedicado a las obras; y pidió a los porcunenses que cada vez que tuvieran diez céntimos en su mano, los guardaran para echarlos al cepillo” (28).

La Junta, de acuerdo con el Ayuntamiento, puso en práctica la idea, creando un impuesto voluntario sobre los granos y los aceites. Fue aprobado por todos los vecinos, en una reunión multitudinaria. Este impuesto se conocía con el nombre de la perra gorda de la Iglesia (Lám.VIII). Por cada fanega o arroba de los productos antes citados, que se vendieran, diez céntimos eran para la construcción del templo. Un representante de la Junta se encargaba del cobro y diariamente exponían al público un estado de las operaciones: ingresos e inversiones de los dineros recogidos (29).
En marzo de 1891 empezó el derribo de la parte alta de la torre del viejo templo y la Corporación Municipal se planteó que “era urgente decidir lo que se hacía con el reloj de la Villa […] que se tuviese en cuenta que era incalculable el tiempo que duraría la construcción de la nueva torre” (30).
Acordaron colocarlo en el edificio del Pósito donde estaba instalada, desde febrero de 1885, la Secretaría Capitular del Cabildo. Las demás oficinas y despachos del Ayuntamiento se encontraban en la casa nº 1 de la calle Villa (31).
El reloj se ubicó en el lado derecho de la fachada del Pósito, cercano al arco de la Carrera, bajo el alero del edificio y en el eje de la ventana. En el tejado se construyó un pedestal con dos soportes de piedra arenisca para sostener la campana.
El párroco, don Francisco Ruiz Linde, en un artículo publicado en el periódico El Pueblo Católico, con fecha 31 enero de 1898, nos da la clave del comienzo real de la construcción: “El pueblo de Porcuna, viene, seis años hace, realizando una obra verdaderamente extraordinaria, colosal, titánica; una obra que no puede calificarse de otra manera, sino llamándola providencial...” (32).
Fue 1892 el año del inicio, pero en 1893 se interrumpieron las obras. Recuperada la tesorería de la Junta, en 1894 se inicia la segunda temporada que duró hasta finales de septiembre del mismo año. Por El Pueblo Católico, sabemos que desde primero de octubre de 1894 se contabilizaban los donativos, por quincenas, para la tercera temporada que empezó el día 1 de junio de 1895 y terminó el 15 de noviembre del mismo año. Los donativos ascendieron a la cantidad de 50.151 reales y 80 céntimos; los gastos de la obra 46.853 reales y 80 céntimos; los fondos para la cuarta temporada se iniciaron con 3.298 reales (33).
“En el citado año de 1895 las obras iban bastante avanzadas, pues ya en septiembre se estaba trabajando en la construcción de la cúpula sobre el crucero. Durante el período de construcción no faltaron los accidentes laborales; citemos como triste ejemplo el acaecido el 11 de noviembre de 1895 cuando, al bajar de una altura de doce metros, cayó del andamio el albañil Juan Bautista de Torres, que estaba trabajando en uno de los laterales de la Iglesia. Su caída fue casi de cabeza y ofrece pocas esperanzas de vida” (34).
En enero de 1898, el párroco, en una publicación nos dice que se estaban construyendo “dependencias para juntas de hermandades, custodia de archivos y conservación de vasos y ornamentos sagrados, ensanche y escalinata de sus alrededores” y que “el costo de las obras ascenderá próximamente a treinta y cinco mil duros”. Hace una justa alabanza a los miembros de la Junta “por su celo, alteza de miras y rectitud administrativa intachable y siempre pública de los individuos que forman la Junta Parroquial” (Lám. IX). El texto aparece ilustrado con una fotografía donde se aprecia lo avanzada que estaba la construcción (35).
En agosto de ese mismo año, estaban haciendo la bóveda de la iglesia para después colocar la techumbre (36).
Es justo que recordemos en estas páginas a don Manuel Muñoz Hernández, natural de Andújar, que vino a Porcuna como maestro de obra para dirigir a los albañiles que hicieron posible la realidad del proyecto. Se le conocía en el pueblo como el Maestro de la Iglesia. “Se casó con la porcunense doña Ana García López” (37), creó su familia y vivió en la localidad hasta el día de su muerte.
El Sr. Obispo de Jaén don Victoriano Guisasola y Menéndez, en abril de 1899 visitó Porcuna y felicitó a todos sus habitantes “de cuya fe da testimonio el hermoso y amplio templo que hoy levanta a sus expensas a fuerza de mil sacrificios dignos de todo elogio, a cuyos sacrificios une también el suyo, dando mil pesetas para el mismo fin” (38).
En 1899, el pueblo tenía 9.554 habitantes. En este año, las obras se pararon antes de lo que la Junta deseaba, porque se acabaron los fondos. La iglesia ya estaba enlucida en su interior y de la torre se había edificado hasta el cuerpo de campanas (39)
El Obispo de Jaén don Salvador Castellote y Pinazo (1901-1906), en Visita Pastoral a Porcuna y preocupado con la terminación del templo, dejó escrito: “excitamos el celo del Sr. Cura Ecónomo y de los que le sucedan en el cargo para que, por cuantos medios estén a su alcance, procure activar las obras de la nueva iglesia parroquial en construcción, a fin de que se satisfaga con su pronta inauguración una necesidad imprescindible e improrrogable en esta Parroquia” (40).
Con fecha 9 de mayo de 1903, el Sr. Obispo, comunicó al Ministerio de Gracia y Justicia que se habían terminado las obras de la Iglesia Parroquial de Porcuna (Lám. X). El día 16 de julio del mismo año, el Subsecretario del citado Ministerio respondía al Sr. Obispo: “S.M. el Rey se ha servido disponer que por el Arquitecto diocesano se verifique la recepción provisional de las mismas” (41).
Por Real Orden de 15 de noviembre de 1904, comunicó el Ministerio la recepción definitiva de la obras de terminación del templo, llevadas a cabo por el contratista de las mismas, don Antonio Failde Castañeira.
La Junta Diocesana de Construcción y Reparación de Templos de la Diócesis de Jaén, en sesión celebrada el día 26 de mayo de 1905, acordó lo siguiente: “no resultando en contra de don Antonio Failde Castañeira, responsabilidad alguna por haberlas ejecutado con entera sujeción al proyecto, no hay inconveniente por parte de la referida Junta en la devolución de la fianza al Contratista” (42).
Don Ramón Anguita Carrillo, decía: “Después de un largo período de treinta y ocho años, que pusieron a prueba la generosidad de los hijos de Porcuna, se logró dar cima a esta importantísima obra (Lám. XI), merced al concurso generoso y constante de un pueblo, que de modo tan patente daba muestras de su fe y de su piedad” (43).
El arquitecto, Sr. Flórez Llamas, se unía a los sentimientos del pueblo: “Permítasenos que nos felicitemos de haber coadyuvado, en la medida de nuestras fuerzas, a la erección de un templo, que tanto enaltece al pueblo de Porcuna y que tan alto habla a favor de sus piadosos y cristianos sentimientos” (44).
Ahora se pedía un nuevo esfuerzo a los vecinos de la villa. Había que pintar sus muros y bóvedas, colocar el altar del presbiterio con su templete, púlpito, órgano, vidrieras en sus 18 ventanas y 14 óculos de la planta baja, puertas, lámpara del crucero, iluminación, imágenes, retablos, etc.
El pueblo se sentía orgulloso del edificio levantado, pero estaban atravesando un período de sequía muy grave (1903–1905). Un porcentaje elevadísimo de familias pasaban muchas necesidades. Los desniveles sociales continuaban y los fermentos revolucionarios crecían. El ambiente rural en Andalucía había empeorado fuertemente.
Esta situación se encontró el Padre Tarín cuando vino a predicar en octubre de 1904. “El misionero tuvo una reacción genial, de las suyas. Pesaba sobre los campos una sequía feroz. Tarín convocó a los mozos del pueblo y se confabuló con ellos para ir sigilosamente a la ermita de Alharilla, “robar” la Virgen patrona y traerla inesperadamente en procesión a Porcuna. Las jóvenes saldrían a recibirles a mitad del camino, mientras el campanil de la parroquia (iglesia de San Francisco) tocaría a rebato. Se armó un jolgorio sensacional, y además llovió… El Padre Tarín fue, otra vez, amo de Porcuna” (45). De esta manera se reavivó el espíritu y los donativos fueron llegando hasta lograr que cubrieran las necesidades más urgentes.
El misionero acudía “a las personas de posición y prestigio, sobre las que ejercía gran ascendiente” (46) y conseguía importantes donativos para la iglesia nueva.
No perdía ninguna ocasión para ayudar a Porcuna. En agosto de 1909, estando en San Fernando (Cádiz), le dijeron que habían nombrado Obispo de Jaén a don Juan Manuel Sanz y Saravia. En una carta a la madre Ángeles Borrego, decía del nuevo obispo: “es celosísimo y lo conozco y lo trato hace veintitantos años, y es él un santo y lo primero que hará será pensar en Porcuna, porque si Dios quiere la semana que viene iré a Sevilla y lo veré y le hablaré de la deseada inauguración. Dios quiera que pronto tome posesión…” (47).
Cuando el Templo se inauguró, había superado ampliamente la cantidad presupuestada en el Proyecto. En conjunto, costó más de 500.000 pesetas, decía una crónica (16-9-1910) en El Pueblo Católico (48).
Por deseo del Sr. Obispo y de los hijos de Porcuna, el Padre Tarín vino a la inauguración de la Parroquia y, aunque estaba muy enfermo, predicó un triduo (días: 10, 11 y 12 de septiembre de 1910) para preparar y disponer convenientemente a los fieles a la Comunión General del día grande.
El Padre Granero, de la Compañía de Jesús, nos dice que en esta predicación no estuvo a su altura, ya no podía. El misionero estaba gravemente enfermo, “su presencia exterior era ya triste y resquebrajada. Su rostro estaba por extremo demacrado… la voz, cascadísima y gangosa, salía de la garganta con sumo trabajo, a duras penas, y con un sonido especial agudo que la afeaba”. Vino a Porcuna desobedeciendo a los médicos, porque no podía faltar a la inauguración de “su iglesia”. A los tres meses, en diciembre de 1910, falleció (49).
El Padre Tarín sentía verdadera devoción por Porcuna: “Ya sabe que aún cuando no escriba mucho porque siempre fui perezoso y ahora que voy a cumplir sesenta y dos años, lo voy siendo más (ya estaba afectado por la grave enfermedad), sin embargo no dejo de encomendar a Dios en el Santo Sacrificio a Sor Ángeles y las Dominicas y los Hermanos del Rosario con quienes tengo carta de Hermandad, y Porcuna que miro como mi segunda patria; y todo lo de Porcuna me interesa y no en vano he tenido ahí los mejores días y sobre todo las mejores noches de mi vida” (50).
“La ciudad de Porcuna debe al Reverendo Padre Tarín muchos beneficios: su obra evangélica; el fomento de muchas y nobles vocaciones religiosas; la fundación de Las Conferencias de San Vicente de Paul y la Asociación de Hijas de María; y, sobre todo, su contribución, muy eficaz, a la construcción de la Iglesia Parroquial, obra que engrandece a Porcuna” (51).

LA IGLESIA NUEVA SEGÚN EL PROYECTO INICIAL.


La Iglesia tiene planta de cruz latina con el lado mayor de oriente a occidente.
La fachada principal mira hacia el poniente. Al acceder por la puerta principal se encuentra un pequeño cuerpo independiente de las naves del templo, destinado a la ocupación de los fieles; “donde puedan detenerse a la entrada y salida del templo para arreglarse los vestidos, abrir y cerrar los paraguas cuando llueva, cubrirse y descubrirse bajo techado y demás operaciones que diariamente vemos practicar. Con esta disposición hemos querido evitar la colocación de esos horribles canceles que quitan espacio al interior y semejan cajones o andamios de carpintería para sostener las fábricas de los muros por el interior”. Este cuerpo independiente se compone de tres partes: un vestíbulo central sobre el cual se levanta la torre; y dos recintos que quedan junto al vestíbulo, el de la derecha sirve para la escalera de subida a la torre y capilla de Ánimas (en la actualidad capilla del Cristo de la Buena Muerte), y el de la izquierda para el baptisterio que tiene entrada por el vestíbulo y por la nave del Evangelio.
Pasado este cuerpo anterior se entra en el templo que tiene tres naves: una central y dos laterales.
La nave central posee una amplitud, entre eje y eje de los pilares, de 7,60 m. que descontado de ellos los espesores de los pilares, queda una anchura libre de 6,50 m. Su longitud es de 38 m. libres (Láms. XII y XIII). Por el extremo opuesto a la puerta de entrada está el ábside con planta semicircular.
Las naves laterales tienen una anchura libre de 3,2 m., siendo de 4 m. la comprendida entre el eje de los pilares y el paramento interior del muro. La longitud de estas naves es de 35,6 m., algo menor que la nave central, y terminan en forma de ábside semicircular por la parte oriental para colocar dos capillas a los costados de la cabeza de la Iglesia (Lám. XIV).
Seis pares de pilares separan la nave central de las laterales y la dividen en sentido horizontal en siete espacios.
El crucero tiene una longitud de 19,6 m. y lleva en sus extremos norte y sur dos capillas absidales con planta semicircular, con sus correspondientes altares con imágenes.
La nave del crucero queda dividida horizontalmente en un cuadrado formado por los cuatro pilares, que corresponden también a la nave central y dos rectángulos.
La estructura del templo está realizada con pilares de 8,5 m. de altura. De unos a otros se voltean arcos en sentido longitudinal y transversal del templo, y que apoyados en los rectángulos que van formando cada serie de cuatro arcos, descansan las bóvedas de aristas, cuyas nervaduras vienen a descargar en los extremos de los pilares.
En la nave central, hasta llegar a la nave del crucero, hay cuatro pilares de 8,5 m. con unos arcos de medio punto apoyados en los pilares y unas bóvedas descansando sobre los arcos (Lám. XV).
En los muros formeros hay practicadas unas ventanas que iluminan la nave (Lám. XVI). A los cinco metro de altura, contados sobre los pilares, están los capiteles de unas medias columnas adosadas a ellos. Sobre los capiteles descansan unos arcos de medio punto que dan paso a las naves bajas desde la central (Lám. XVII). Encima de estos arcos y otros perpendiculares en las naves bajas, hay una serie de bóvedas de aristas que cubren las naves laterales (Lám. XVIII).
Sobre los cuatro arcos del crucero y las cuatro pechinas correspondientes (Lám. XIX), se eleva un pequeño cuerpo cilíndrico de un metro de altura sobre el cual descansa una cúpula semiesférica.
El crucero está iluminado por dos ventanas situadas en los extremos norte y sur de esta nave.
Los cuatro arcos del crucero, sobre los cuales se apoya la cúpula esférica, son los únicos realizados de piedra, por tener que soportar el peso de la cúpula (Lám. XX).
En el proyecto aparecen dos púlpitos que miran a las naves del templo (Lám. V), están adosados a los pilares del crucero que acceden a la capilla mayor del presbiterio.
El presbiterio está presidido por el altar mayor dedicado exclusivamente a la Eucaristía, prescindiendo por completo de toda imagen en ese altar, por considerar que la Eucaristía se encuentra por encima de todos los demás santos y materias de culto, y nada debe haber en su inmediación que distraiga de objeto tan principal (Lám. XXI).
El presbiterio aparece cerrado por rejas en sus laterales norte y sur (Láms. IV y V).
Las capillas de la cabecera y de los pies del templo, y las dos capillas del crucero, en sus arcos de entrada, todas aparecen cerradas con rejas pequeñas.
Los altares para la colocación de imágenes van en las cuatro capillas que se encuentran: dos, a ambos lados del altar mayor, en la cabecera del templo; y otras dos, en los extremos del crucero.
No diseña altares en los muros laterales, norte y sur, para no romper la perspectiva en las naves. “Harto de ver en lujosas y bellísimas iglesias, los más chabacanos, pobres y mezquinos confesionarios, por en medio de las naves, sirviendo de estorbos, interrumpiendo las líneas de la perspectiva…”. Por esta razón, coloca los confesionarios en las capillas del crucero, independientes y a la vista, y un posible confesionario para sordos e impedidos en la capilla de las Ánimas.
No se proyectan tribunas ni lugares de preferencias, porque la ocupación de tribunas parece que envuelve algo de privilegio que pugna con la igualdad que todos los fieles deben tener dentro del templo”.
El coro se proyectó detrás del altar. Consistía en un balcón semicircular en el ábside con comunicación con el coro bajo, la sacristía y la calle (Lám. IV y V). Así, cantores y clero podrían estar en contacto fácil y el acceso a la calle y a la sacristía facilitaría la entrada de músicos e instrumentos. A la misma altura del piso y siguiendo la forma curva del ábside se colocarán los sillones para los sacerdotes, ocupando el centro y algo más elevado el del párroco. En el mismo ábside hay dos puertas de comunicación con la sacristía.
Por encima de los sillones del coro, y siguiendo también la curva del ábside, iban el órgano y el lugar para los cantores e instrumentistas.

En el exterior tiene la iglesia una fachada principal, dos fachadas laterales y una fachada posterior en la que se aprecia la antigua sacristía adosada al nuevo templo.
Las fachadas laterales no tienen más decoración que la que le prestan las ventanas, sus óculos, sus muros de mampostería con los contrafuertes y una puerta de acceso al templo en ambas fachadas (Lám. III).
La fachada principal corresponde a la tipología de torre-fachada. El perfil superior de la fachada se quiebra, escalonadamente, para dulcificar el tránsito a la torre-campanario. Las naves laterales no contrarrestan su acento vertical.
Según el proyecto, es la más decorada (Lám. VI). Su puerta se ha practicado en la parte inferior de la torre y lleva tres arcos en derrame sostenidos por unas columnas sencillas. La arquivolta del arco exterior va decorada de manera sencilla y poco costosa.
En los contrafuertes salientes que hay en la portada, van adosadas dos ménsulas para sostener unas estatuas de tamaño natural y una tercera, sobre una hornacina colocada encima de la clave de la puerta y que representan las virtudes teologales.
A los lados de la portada y en correspondencia con las naves laterales del interior, se han practicado dos óculos para dar luz al baptisterio y a la capilla, hoy, del Cristo de la Buena Muerte.
Una faja, con decoración muy sencilla, separa el primer cuerpo de la fachada del segundo. En él va una hermosa rosa bizantina con elegantes motivos de decoración. El segundo cuerpo termina con una sencilla faja y los remates de los contrafuertes laterales.
Sobre la planta cuadrada del segundo cuerpo está el tercero y último, la torre, que remata la fachada principal, donde se halla el cuerpo de campanas, facetado, con cuatro vanos, uno por cada flanco.
La cubierta es esférica, revestida de pizarra y rematada por una cruz y su correspondiente veleta (Lám. VI). (52).
Hasta aquí nos hemos basado en los datos que aparecen en el proyecto de obras, redactado para la construcción del templo que nos ocupa; sin embargo, el resultado final presenta ciertas innovaciones respecto al proyecto original.

ALGUNAS DE LAS MODIFICACIONES O CAMBIOS QUE LA JUNTA PARROQUIAL REALIZÓ SOBRE EL PROYECTO INICIAL.


En lugar de los dos púlpitos diseñados, se hizo uno solo, adosado al pilar del crucero del lado norte en la nave mayor. Todo de mármol blanco haciendo juego con el altar eucarístico, zócalo y pavimento de la iglesia. Reposa sobre una columna con un sencillo capitel. El tornavoz del púlpito estaba coronado por un precioso chapitel de estilo gótico (Láms. XXII y XXIII).

―Un templete, trabajado en mármol blanco, de estilo neoclásico y marcado carácter funerario se eleva en el centro del presbiterio. En el proyecto, aparece esbozado sobre el altar de planta rectangular. En la realidad, el arquitecto construyó la mesa de altar adosada a unos volúmenes cuadrangulares coronados en su parte superior por el templete. Lo diseñó con mucho esmero y con las proporciones precisas, dado el cariño y el sentido litúrgico con que lo describe en la Memoria. Se inspiró en el altar eucarístico de la Catedral de Jaén, pero sujetándose a una gran simplicidad y economía de adornos (Lám. XXIV).

El presbiterio en el proyecto está cerrado por rejas, en sus laterales norte y sur. Por economía, los laterales del presbiterio y su acceso por la nave principal se clausuraron con balaustradas de piedra artificial a imitación de granito (Lám. X).
En las dos capillas de la cabecera y en las situadas a los pies del templo, se pusieron rejas de hierro con adornos de fundición (Lám. XXV), menos costosas que las realizadas en hierro forjado.
Las rejas pequeñas que iban en los arcos de entrada a las capillas del crucero se sustituyeron por balaustradas de piedra artificial idénticas a las del presbiterio.

En las dos capillas del crucero, se aprecian unos altares con imágenes en el proyecto y, en su lugar, se pintaron unos murales (Lám. IV).

El coro se proyectó detrás del altar. La tribuna del coro y del órgano, se construyó en el último tramo de la nave central. Vuela sobre la puerta principal, a los pies del templo (Lám. XXVI). De esta manera, se dejó diáfano el testero semicircular del presbiterio donde estaba proyectado.

En las naves de la iglesia, el arquitecto no diseñó altares, canceles y confesionarios (Lám. XXVII). Una vez inaugurada la iglesia y tutelada por sacerdotes, se colocó en la nave del Evangelio un altar a San Vicente de Paul y otro a San Antonio en la nave de la Epístola. Al poco tiempo se ubicaron canceles de madera en las puertas norte y sur de la Parroquia. Hacia 1917, el párroco colocó dos retablos con imágenes tapando los murales de Julio Romero de Torres.

―Si observamos el plano de la planta de la Iglesia, veremos que el arquitecto diseñó varias dependencias para juntas de hermandades, custodia de archivos y conservación de vasos y ornamentos. Parte de estas estancias están trazadas en el lado este de la sacristía, restando un tercio de su supeficie, aproximadamente. Esta propuesta, que sólo era por economizar, podía haber descompuesto para siempre, un admirable conjunto artístico (Lám. V). La Junta Parroquial y el arquitecto, obraron con sensatez conservando la sacristía. Las dependencias antes citadas, fueron objeto de un nuevo proyecto junto con la escalinata de los alrededores de la iglesia, en 1898 (53).

En el Proyecto se dice que la fachada principal es la más decorada. Pensamos que la falta de dinero hizo imposible su terminación para el día de la inauguración y desde entonces sigue igual.

―En la puerta principal, la arquivolta del arco exterior va decorada de manera sencilla y poco costosa (Lám. VI). Esta decoración no se hizo ni se conocen los sencillos motivos decorativos.

―En la portada, colocaron los bloques de piedra, sin labrar, de las tres ménsulas y sus correspondientes doseletes, donde se colocarían unas estatuas representando las virtudes teologales, y siguen esperando que las manos de un experto cantero les de forma.

―En la portada, Una faja, con decoración muy sencilla, separa el primer cuerpo de la fachada del segundo. En él va una hermosa rosa bizantina con elegantes motivos de decoración. El segundo cuerpo termina con una sencilla faja y los remates de los contrafuertes laterales. No se hizo ninguna faja con decoración. El típico rosetón circular con las formas de una de una rosa bizantina sólo aparece en el proyecto, en la actualidad es un óculo grande sin formas labradas, cerrado con una vidriera simple.

El trazado de la cubierta de la torre que aparece en el proyecto, se cambió. En la realidad, se hizo de estilo bizantino, con láminas de pizarra en su superficie (Lám. XXVIII) y coronada por una veleta con una Cruz de Calatrava de hierro forjado (Lám. XXIX). Suponemos que al realizar el derribo de la antigua torre, se reservó esta cruz que ocupó, durante siglos, el mismo lugar en la antigua Parroquia.
Aunque no corresponde al tema que nos ocupa, aportamos como curiosidad que, finalizada la obra de la Parroquia y pasados unos años, el señor Flórez Llamas, como arquitecto diocesano, restauró la torre de la iglesia parroquial de Santisteban del Puerto (Lám. XXX) y le colocó la cubierta que aparece diseñada en el proyecto de la iglesia nueva de Porcuna; además de este detalle, podemos observar que el cuerpo de campanas, facetado, es semejante al de la torre de la Parroquia.

―La solería general del templo, con losas de mármol blancas y negras, combina con los zócalos y pilas de agua bendita realizadas en ese mismo material de color blanco. Es muy acertada la tracería de las formas geométricas que desarrollan las losas en la pavimentación de las tres naves, presbiterio y capillas (Láms. X y XXXI).

DECORACIÓN INTERIOR DE LA IGLESIA.


En abril de 1903 se terminó la fábrica del edificio. La Junta, con el asesoramiento del arquitecto, urgió del contratista la decoración del templo que según los presupuestos contratados, la pintura de la iglesia ascendía a 11.956 pesetas (54).
En la ornamentación interior del templo, por razones de economía el arquitecto prescindió de muchos elementos propios del estilo, esperando que resultara por sí misma de las proporciones y del juego y armonía de las masas. El templo, dentro de su eclecticismo general, se decoró con una ambientación medieval de marcado recuerdo goticista y bizantino.
Esta iglesia la pintó Ricardo Gómez de Andújar, en 1905”. Así reza la firma del maestro pintor en la parte posterior de la imposta, situada en el lado norte de la nave central y en la vertical del púlpito. La firma se encontró en el año 1985, cuando se pintó la iglesia con motivo del “75 Aniversario”.

En la Memoria del proyecto, Don Justino Flórez nos muestra sus profundos conocimientos litúrgicos, su cariño y respeto por la simbología de los espacios, las formas, los volúmenes arquitectónicos y su aplicación en el nuevo edifico de la iglesia.
No dejó nada a la improvisación en la decoración mural del crucero, presbiterio, capillas absidales y sacristía. Dentro del estilo elegido, siguiendo el gusto de la época, todas las alegorías estaban pensadas y realizadas de acuerdo con el simbolismo del espacio pintado.
Los arcos que ennoblecen el crucero y el presbiterio, están decorados con pinturas que reproducen tracerías góticas con tonos dorados sobre fondo gris (Lám.XXXII).
En las pechinas de la bóveda del crucero se encuentran los cuatro evangelistas, interpretados como pilares de la Iglesia. Están pintados al óleo sobre lienzo en un bastidor ovalado de madera. No hay firma de autor (lo vimos personalmente cuando se bajaron en “El 75 aniversario”). Los cuatro cuadros figuran enmarcados por molduras y formas vegetales simétricas, en tonos sienas y fondos amarillentos (Láms. XXXIII, XXXIV, XXXV y XXXVI).
Hemos podido comprobar que para la realización de los evangelistas el autor se inspiró en Los Apóstoles (doce cuadros) procedentes del Convento de Santa Clara de Priego de Córdoba, pintados por Francisco Herrera el Viejo (siglo XVII), y que se conservan en el Museo de Bellas Artes de Córdoba desde la Desamortización de 1868 (Láms. XXXVII, XXXVIII y XXXIX). La figura del cuarto evangelista, aparece en el apostolado de La Santa Cena de la capilla del crucero, aunque con repintes desde la “restauración” del mural en 1974.
Después de estudiar con detenimiento los evangelistas, pensamos que, posiblemente, estos cuadros fueron pintados por Enrique Romero de Torres, porque era un fiel colaborador de su hermano Julio y, en esos años, ejercía como director conservador del Museo, donde se encuentran “Los Apóstoles”.
De estos primeros años del siglo XX, don José María Palencia Cerezo nos dice que “Julio colabora estrechamente con su hermano Enrique, especialmente en la realización de diversos encargos solicitados por diferentes entidades de la ciudad, momento en que incluso llegan a firmar conjuntamente sus creaciones […] Con Enrique, colaboraría estrechamente hasta 1907, diferenciándose muy escasamente técnicas estilísticas, procedimientos y motivos de inspiración de ambos” (55).
Sobre los cuatro arcos del crucero y las pechinas correspondientes, se eleva un pequeño cuerpo cilíndrico y sobre él, descansa una cúpula semiesférica que simboliza el Universo y la Verdad Eterna (Lám. XL).
El Sr. Flórez Llamas coloca en el punto superior la Divinidad, representada por un círculo amarillo y un aro azul sobre fondo blanco. De ese círculo dorado emanan, en forma radial, los rayos de luz que iluminan el Mundo. Es una versión moderna de Ego sum lux mundi (Yo soy la Luz del Mundo) del Pantocrátor que preside las bóvedas de los presbiterios en las iglesias románicas de la Edad Media.
Emplea tres colores: amarillo, azul y blanco. El amarillo expresa el amor divino, la bondad de Dios. El azul alude a la verdad divina, al espíritu de verdad. El blanco nos habla de la divinidad y de la sabiduría. Dios crea el universo en su amor y lo coordina mediante su sabiduría ( Frédéric Portal, El simbolismo de los colores) (56).
La bóveda celeste, que es el manto que cubre y vela a la Divinidad, está descrito en aros concéntricos.
De un aro de luz arrancan los rayos solares que iluminan y dan vida al Universo, es la luz revelada o el Hijo de Dios.
El trazado de estos rayos luminosos deja entre ellos unas fajas anchas y otras estrechas que se van alternando, en la base de toda la cúpula que simboliza la línea de tierra. A medida que ascienden las fajas, se estrechan y fugan con líneas de grueso trazado hacia el punto superior del eje y proporcionan sensación de altura y profundidad en la bóveda.
Todas las fajas anchas están cortadas por tres aros concéntricos que originan sus correspondientes cartelas pintadas sobre fondo blanco.
En el aro que comienza en la línea de base de la cúpula, vemos la alternancia decorativa de dos escudos alegóricos distintos. El origen de los escudos de armas se pierde en la noche de los tiempos y parece tener conexión con los primeros elementos de la escritura. En esos distintivos humanos predomina el color gris con algunos rojizos. El color gris simboliza los vicios y las pasiones humanas; el hombre sólo piensa en lo material.
En el aro del siguiente nivel, todas las cartelas muestran un mismo motivo vegetal, con formas simétricas, donde predomina el color rojo junto a tonos grises verdosos. En conjunto, simbolizan el hombre que se regenera, que camina desprendiéndose de sus ataduras y busca la Verdad Divina.
Las cartelas del tercer nivel, de color azul, nos aproximan a la verdad y a la eternidad de Dios, pues lo que es verdadero es eterno, y es el emblema de la inmortalidad humana. Las superficies azules aparecen decoradas por una cenefa que nos recuerda el arte medieval (57).
Observamos que las fajas anchas están enlazadas por un círculo concéntrico que sirve de nexo, precisamente, en las cartelas rojas. Representa a toda la humanidad unida, en el deseo de alcanzar la perfección.
Cada faja puede interpretarse como el camino a recorrer en la búsqueda de la perfección humana y de la salvación. Las fajas pintadas son doce, no es un número fortuito. Si las relacionamos con el Antiguo Testamento, nos hablan de las doce tribus de Israel y si las relacionamos con el Nuevo Testamento, aluden a los doce Apóstoles. La bóveda celeste está descrita con tantos aros como días de la Creación.
Del eje de la cúpula pende la hermosa lámpara que da luz al crucero (Lám. XLI).


Las bóvedas de aristas que cubren el ábside, sobre un fondo de color blanco, están decoradas con cenefas grises, recuadros triangulares con formas vegetales simétricas sobre una base dorada, adaptados a las superficies de las bóvedas. Las aristas se destacan en color blanco (Lám. XLII).
La techumbre descansa sobre los arcos, que van pintados con los mismos colores que los del crucero.
Junto a las vidrieras, siguiendo el mismo criterio de unidad en la ornamentación, se mantiene la misma cenefa y, en el centro, unos roleos enmarcados por cintas. Los colores empleados son: blanco, gris y dorado (Lám. XLIII).
Los colores empleados en la capilla mayor están dados con intención decorativa y con el propósito de que cooperen con su simbología.
Las amplias superficies de los paramentos norte y sur del presbiterio las vemos pintadas de color rojo carmesí, imitando un tejido adamascado. En su parte superior e inferior, se hallan enriquecidas con una cenefa que imita un bordado en oro. Simboliza el amor y la sabiduría en Dios, la verdad divina que ilumina a los hombres (Lám. XLIV).
Estos tejidos representados, tradicionalmente, se han empleado en ornamentos y ajuares de las casas reales y de la nobleza.
El testero semicircular del presbiterio se pintó de color verde grisáceo. En el medievo cristiano, era símbolo de caridad y de esperanza. El espacio central de este frontal, se decoró con un hermoso y regio dosel de terciopelo y oro, presidido por una imagen de Cristo Crucificado. Es una obra pictórica de muy bella factura, donde el autor, utilizando una variada gama de rojo púrpura y distintos tonos dorados, con influencias rojizas, consigue un brillante efecto de profundidad en el baldaquín. La noble tela muestra sus abundantes bordados en oro, en la parte superior y en las cenefas laterales (Lám. XLV).
En la bóveda de horno que preside el presbiterio, Julio Romero de Torres pintó un precioso mural dedicado a La Asunción de la Virgen, advocación a la que se consagró la Parroquia (Lám. XLVI).
La Junta de la Parroquia, teniendo en cuenta el resultado feliz del mural, decidió que el artista pintara unos murales en las capillas del crucero: La Santa Cena, en el lado norte (Lám. XVII); La Sagrada Familia, en el lado sur (Lám. XLVIII).
Las bóvedas de horno de las dos capillas están decoradas con los mismos motivos que la cúpula del crucero.
La decoración de las naves está muy entonada, sus colores proporcionan al conjunto interior una gran luminosidad. Los colores empleados son: amarillo ocre muy claro (crema), dorado, y blanco (Lám. XLIX). Las roscas de los arcos formeros y fajones, blancas; paramentos, bóvedas y columnas, amarillo ocre claro; nervaduras de las bóvedas, blancas; la imposta y los ábacos con cintas doradas y amarillo ocre claro (Lám. L).
La decoración de la Sacristía la estudiaremos en el capítulo dedicado a este magnífico recinto de la Parroquia.

DONACIONES REALIZADAS POR LOS FELIGRESES A LA IGLESIA NUEVA.


Las capillas que se encuentran a ambos lados del Altar Mayor fueron destinadas, la de la derecha, al Sagrado Corazón de Jesús y la de la izquierda, al Inmaculado Corazón de María.
La Junta colocó sus correspondientes retablos de estilo gótico, dorados con pan de oro y costeados de los fondos generales.
La imagen del Sagrado Corazón de Jesús, era una hermosa talla, obra del escultor madrileño don José Alsina Suvira, que fue adquirida por varias señoras en 2.000 pesetas.
En la capilla de la Epístola, querían colocar una buena escultura del Inmaculado Corazón de María, que hiciera pareja con la del Sagrado Corazón de Jesús; pero no encontraron quien se ofreciera a regalarla. Al inaugurarse la Iglesia se dedicó, definitivamente, a una preciosa imagen de Nuestra Señora del Carmen, procedente de una manda testamentaria. Don Manuel Torres Orozco, dispuso en su testamento un donativo a favor de las obras de 1.500 pesetas, y sus herederos lo destinaron a comprar una imagen de Nuestra Señora del Carmen, que costó 1.378 pesetas. Con la cantidad restante y 121 pesetas que puso don Benito Torres Quero, se costearon los seis candeleros, el Crucifijo y el juego de sacras que decoraban el altar.
La imagen de la Purísima Concepción, obra del valenciano Pio Mollar, fue donada por la señorita Dulcenombre de la Cova, costó 2.000 pesetas.
La imagen de San José, fue costeada por el gremio de los carpinteros.
La imagen de San Vicente de Paul, fue regalada por la devota congregación del Santo, se colocó sobre un retablo, en el promedio de la nave del Evangelio. Más tarde, en la nave de la Epístola, se ubicó otro retablo de iguales características con la imagen de San Antonio.
La imagen de San Cayetano, obra José Alsina, la regaló doña Florentina Gallo. Costó mil pesetas.
La imagen de San Roque, fue donada por el farmacéutico don Clemente Fernández, residente en Galicia.
El Crucifijo de la Sacristía, de pasta de madera, realizado en los talleres de Artes Religiosas de Olot, costó 141 pts. Y fue costeado por todos los sacerdotes de la localidad.
El Crucifijo que presidía el dosel pintado en el paramento del presbiterio, lo costeó una devota anónima.
La capilla de Las Ánimas Benditas estaba presidida por un gran cuadro con la Virgen del Rosario en la parte superior y las Ánimas Benditas en la parte inferior. Hacia 1924 se colocó, a su derecha, un precioso grupo escultórico de la Sagrada Familia.
En 1910, se compró un Vía Crucis, hecho en los talleres de don José Tena. Fue costeado por doña María Dacosta y doña Luisa Quero.
Don Luis Aguilera y Coca, costeó las puertas del templo.
La lámpara del crucero costó 1.000 pesetas en la casa Meneses y fue pagada por don Pedro Funes Pineda. Está hecha con bronce dorado, tiene dos cuerpos o coronas, con veinticuatro luces. Mide doscientos treinta centímetros de altura y ciento diez de diámetro en la corona grande.
La pila bautismal, con bellas formas en mármol rojizo, fue regalada por el Obispo don Salvador Castellote y Pinazo, en 1906. Tiene grabada con letras doradas la siguiente inscripción: DONUM EXMI D SALVATORIS CASTELLOTE PINAZO EPISCOPI GIENNENSIS AN MCMVI.
El órgano, era un hermoso ejemplar en su clase, fue construido en los talleres de D. Ricardo Rodríguez, en Madrid.

CUADROS: Los dos colocados a los lados de la puerta, debajo del coro, el primero representa a San Francisco de Asís y el segundo a San Bernardo. Son copias muy bien hechas y regaladas por Isabel Herrero López.
El de San Juan Bautista, colocado en el baptisterio, fue donado por el pintor Julio Romero de Torres (Lám. LI).
El lienzo del Santo Cristo de Limpias, lo regaló el Pbro. Don Francisco Santiago Millán.
La litografía enmarcada de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, la donó la señorita doña Constancia Garrido-Espiga.
Otros cuadros más antiguos y de diferentes tamaños, los donaron doña Teresa Jover y doña Concepción Jover Casanova. Eran obras de un afamado pintor valenciano que llevó su apellido.
“Todas las capillas ostentan preciosos retablos de estilo gótico, artísticas y bellas imágenes en sus hornacinas y suntuosos altares, con servicio de plata labrada” (58).
En las dos capillas del crucero, hacia 1917, se colocaron sendos retablos de estilo gótico, con la imagen de San José tapando el mural de la Santa Cena y con la imagen de la Purísima Concepción, cubriendo el mural de Sagrada Familia.

BENDICIÓN E INAUGURACIÓN DE LA NUEVA IGLESIA PARROQUIAL.


El día 10 de septiembre de 1910, sábado, hizo su entrada solemne en la ciudad de Porcuna el Obispo de Jaén Sr. don Juan Manuel Sanz y Saravia. Viajó a Porcuna para bendecir e inaugurar el nuevo templo parroquial. A las diez de la mañana llegó al Santuario de la Virgen de Alharilla, donde le esperaban el párroco don Ramón Anguita Carrillo y el Capellán del Santuario, don Manuel Casado Salas. Descansó en la casa de doña Marina Osti.
Hizo su entrada solemne en la ciudad a las seis de la tarde. Fue recibido por todas las autoridades, corporaciones, asociaciones, cofradías y pueblo en general, que aclamaban su presencia (Porcuna tenía 10.331 habitantes). Se dirigió al templo (iglesia de San Francisco), que ejercía como Parroquia, donde oró breves momentos, dio la bendición al pueblo y expresó su gratitud por el recibimiento que le habían dispensado.
A las ocho de la tarde, del mismo día, comenzó un triduo solemne predicado por el Padre Tarín.
El domingo, día 11, a las cinco de la tarde, presidió la solemne procesión de la imagen de Nuestra Señora de Alharilla, traída de su Santuario.
El lunes, día 12, a las diez de la mañana, tuvo lugar el acto de la bendición del nuevo templo parroquial con el nombre de Nuestra Señora de la Asunción. (Título de la Parroquia que aparece por primera vez en el archivo parroquial, encabezando las partidas de bautismo en el año 1838) (59). Asistieron todas las autoridades y numerosísimos fieles. Al final se cantó un solemne Tedeum en acción de gracias (Lám. LII).
En este acto, el cronista D. Eugenio Molina leyó su poema El triunfo de la Fe:
Esa mole, grande y fuerte,
que hacia el cielo se levanta

…………………………….
En el extenso poema, hace un canto a la Iglesia Nueva, habla de sus formas bellas, humildes y prorcionadas, sin grandes adornos como en las catedrales, pero hermosas y elegantes; y, sobre todo, fruto de la constancia y de la Fe de los porcunenses (60):
Cada piedra, cada muro,
es un hecho edificante,
un perenne testimonio,
que revela a cada instante
de los buenos obulquenses
la esforzada voluntad
.
…………………………..

Por la tarde, tuvo lugar la solemnísima procesión con el Santísimo Sacramento, al ser trasladado del antiguo al nuevo templo parroquial. En la procesión, las imágenes de mayor devoción de la Ciudad precedían al Santísimo. Algunas, de reciente adquisición, se hallaban temporalmente depositadas en las casas de los feligreses que las habían donado. A su paso, el Sr. Obispo las bendecía y se incorporaban a la procesión. Las nuevas imágenes eran: Sagrado Corazón de Jesús, Purísima Concepción, Virgen del Carmen y San Vicente de Paul (61).
Más tarde, el Sr. Obispo asistió a la solemne Vigilia General extraordinaria, en el nuevo templo, organizada por la Sección de Adoración Nocturna de la localidad, en unión de varias representaciones de la Diócesis: Jaén, Torredonjimeno, Marmolejo, Torredelcampo y Arjona (62).
El martes, día 13, a las diez de la mañana tuvo lugar la fiesta principal de inauguración del nuevo Templo, celebrando de Pontificado el Sr. Obispo. En la homilía, subió al púlpito el párroco, don Ramón Anguita Carrillo, e hizo el historial de la nueva iglesia.
Por la tarde, en la Iglesia Parroquial, se cantaron solemnes vísperas en honor de Nuestro Padre Jesús Nazareno.
El miércoles, día 14, por la mañana, El Sr. Obispo celebró una solemnísima Fiesta a Nuestro Padre Jesús en la Iglesia Parroquial.
Por la tarde, asistió a la procesión de la venerable imagen de Nuestro Padre Jesús, al ser trasladada nuevamente a su Santuario situado en un extremo de la Ciudad.
El jueves, día 15, el Sr. Obispo, acompañado por el clero, las autoridades civiles y la antigua y devota asociación de Soldados de Nuestro Padre Jesús, típicamente vestidos y uniformados, se dirigió al Santuario donde se celebró una solemne función religiosa a su Divino Titular.

Además de estos destacados actos, el Señor Obispo, durante su estancia, hasta el día 17 de septiembre, realizó otras actividades de gran interés:
―Recibió en la Parroquia a las Juntas de las Hermandades, Cofradías y demás asociaciones piadosas de hombres de la población. Les animó a vivir siguiendo los preceptos católicos y mostrándose como tales en todas las situaciones de la vida, cada día más necesitada de esforzados y ejemplares cristianos.
―A los jóvenes de la localidad, les dirigió una fervorosa plática y los animó para que formaran una asociación de Congregantes de la Inmaculada y de San Luis Gonzaga, como vienen haciendo en otros pueblos de la Diócesis. La referida Asociación quedó formada.
―Atendió a las asociaciones: Hijas de María y Señoras del Apostolado de la Oración.
―Administró el Sacramento de la Confirmación.
―Realizó una Visita Pastoral al Convento de las Religiosas Dominicas y a su Clausura, en la forma prevenida por los Sagrados Cánones.
―Practicó la Santa Pastoral Visita de la Iglesia Parroquial.
―Celebró misa en las iglesias: de San Francisco, del Convento de las Dominicas, en la Parroquia y en el Santuario de Jesús.
―Escuchó en secreto escrutinio a las Religiosas Dominicas y al Clero de la Ciudad.
―El último día, animó a todos los sacerdotes a trabajar por la formación en la Ciudad de un Círculo Católico, que sea el que coadyuve al progreso religioso, moral y económico de los fieles de la localidad (63).

LA SACRISTÍA


Tras la capilla mayor, se encuentra la hermosa Sacristía del siglo XVI, obra de Francisco del Castillo, con nueve metros de altura y ciento cuarenta y cuatro metros cuadrados de superficie, aproximadamente. Es una suntuosa estancia que corresponde al antiguo templo parroquial. El único espacio que se conserva de aquella construcción que perteneció a la Orden de Calatrava (Lám. LIII).
Tiene planta rectangular. Por los laterales, norte y sur, presenta tres arcos de medio punto rehundidos en el muro con sus correspondientes impostas. Los flancos este y oeste mantienen la misma estructura pero sólo con dos arcos. Entre ellos se disponen sendas pilastras toscanas adosadas al muro.
La Sacristía posee cuatro portadas laterales iguales, de factura sobria y elegante (siglo XVII). Cada portada consta de un enmarque en resalto coronado por un frontón triangular partido. En el centro, entre las vertientes del frontón, campea una cartela con la cruz de la Orden de Calatrava.
Las dos portadas situadas en la pared norte comunican: una, con el patio y la lonja de la iglesia; la otra, da acceso a un salón con ventanas al patio, que se hizo más tarde. Se usa como sala de reuniones y durante un largo tiempo fue escuela nocturna para adultos, atendida por sacerdotes.
De las dos portadas de la pared sur, la primera nos conduce al exterior (Lám. LIV); la segunda, siempre estuvo cegada.
Por una puerta adintelada en el testero oeste, se pasa al presbiterio.
La solería es reciente, fue colocada en 1982. Aunque carece de interés artístico, no molesta en el espacio interior de la Sacristía.
Hacia 1975, siendo párroco don Rafael Valdivia Castro, para sanear las humedades que afectaban a los yesos y pinturas, se procedió a descubrir la piedra en que está trabajada la fábrica hasta las impostas. Desde esa línea hasta el techo se han respetado los paramentos enlucidos y pintados.
Como la piedra que ha quedado al descubierto no fue colocada con esa finalidad, pensamos que algún día, cuando pase esta moda, volverá a cubrirse y se recuperará la decoración hasta el zócalo.
A la elegancia y severidad que le imprimió Francisco del Castillo, se unió la acertada y brillante decoración proyectada por Justino Flórez Llamas, en los primeros años del siglo XX. Diseñó una espléndida ornamentación con un discurso icónico de escudos en los distintos paramentos y unas composiciones muy coloristas cargadas de simbolismo. El estilo y los motivos decorativos están en consonancia con su arquitectura. La totalidad de las pinturas aporta solemnidad a la sacristía (Lám. LV).
En sus muros podemos admirar: unas pinturas finamente elaboradas en los medios puntos que cobijan los arcos; los candelieris, entonados en grises, que rellenan las pilastras sobre fondo blanco; los roleos de las enjutas de los arcos, sobre una base de color crema; cartelas con escudos episcopales entonados con grises y dorados, dentro de recuadros moldurados con orejeras; y en el techo, una elegante cenefa de roleos y cartelas que bordea todo el techo del salón, entre molduras blancas, presidido en el centro por una paloma blanca simbolizando el Espíritu Santo. Todo está pintado por una mano experta y con trazos muy seguros.
Para conseguir el efecto de volumen que poseen los candelieri y los escudos, el pintor ha empleado un gris claro de fondo, un gris medio, un gris oscuro y los puntos de luz con blanco.
Los roleos de las enjutas están pintados en color crema, siguiendo la misma técnica: crema claro de fondo, crema medio, crema oscuro y los puntos de luz con blanco.
Eugenio Molina, nos dice que las pinturas que decoran los paramentos y solemnizan en gran manera todo su interior, fueron realizadas por el pintor cordobés Casares.
Los motivos pictóricos que decoran los medios puntos que cobijan los arcos son los siguientes: Escudo de Porcuna con espigas y ramo de olivo y la leyenda “Municipio Pontificense Obulco Ciudad Vencedora y Noble”; Anagrama de MARÍA y un ramo de azucenas; un cáliz y Hostia, con espigas y racimos; una cruz y una palma; una custodia; una estola y un libro. En cada una de estas pinturas aparecen palabras que unidas resulta la siguiente frase: Haec est domus Domini firmiter aedificata, “Esta es la casa del Señor, firmemente edificada”.
Los diez hermosos escudos están relacionados con el templo parroquial y especialmente con el tiempo de su construcción. Se hallan distribuidos de la siguiente forma: en las paredes norte y sur, tres en cada una; en los paramentos este y oeste, dos en cada uno.
“En la pared que da al este, encontramos dos escudos papales: de León XIII (1878-1903) y de San Pío X (1903-1914). Frente a ellos los escudos de los Arzobispos de Granada: el de D. José Moreno Monzón, (1885-1905); y el de D. José Meseguer Costa, (1905-1920).
En la pared que da al norte aparece el escudo del Obispo Guisasola y Menéndez; el del Obispo Laguarda y Fenollera (1906-1909); y en el centro de ambos el escudo de Porcuna.
El Obispo Guisasola y Menéndez (viene a Jaén 1897). Tiene una relación especial con Porcuna. En la Visita Pastoral que hace en el mes de mayo de 1899, se le agasaja especialmente, y el Ayuntamiento le ofrece, además del adorno de las calles y arcos triunfales, una serenata a media noche por la banda de música de la localidad. El lema de este Obispo, labora sicut bonus miles Christi, no aparece en el escudo.
En la pared de frente, es decir la que da al sur, a la que están adheridas las dependencias y casa parroquial, aparece el escudo de don Salvador Castellote y Pinazo (1901-1906) Su lema era Verbo et exemplo; y el de don Juan Manuel Sanz y Saravia (viene a Jaén en 1909). Su lema era amnía et ómnibus. Es el obispo que bendice e inaugura la Iglesia.
Entre los dos escudos está el emblema de la Eucaristía. El orden y colocación de los escudos puede obedecer a criterios puramente jerárquicos: Así, en el lugar principal los Papas, frente a ellos, los Arzobispos de Granada; El Obispo Guisasola, que al inaugurarse la iglesia era Arzobispo de Valencia y después llegó a Cardenal; le sigue Laguarda Fenollera, en aquel tiempo Obispo de Barcelona; D. Salvador Castellote que había muerto nombrado Arzobispo de Sevilla y por último don Juan Manuel Sanz y Saravia” (64).